Desde niña, supe que la cocina de mi abuela era un lugar especial.
Era allí donde los aromas se mezclaban con sus risas, su carácter amable y su sabiduría, donde una olla al fuego anunciaba que algo bueno estaba por suceder, que una celebración o reunión familiar nos haría encontrarnos en su mesa, y donde cada plato llevaba una historia o crearía un recuerdo.
Para ella, cocinar no era simplemente preparar comida. Era una manera de decirnos «te quiero», de reunir a la familia, de mantener vivas nuestras raíces y de hacer sentir a cada persona como en casa.
Yo la observaba en silencio, aprendiendo sin darme cuenta. Aprendí que una receta puede guardar recuerdos, que un aroma puede transportarnos a nuestra infancia y que una mesa llena de comida también puede estar llena de historias, de abrazos y de momentos que permanecen para siempre.
En aquellos tiempos una de mis tías, cada vez que en casa de mi abuela se celebreba algo, decía que iban al patio de Betty para referirse a ir a comer a casa de la abuela.
Con los años, aquella niña que la miraba cocinar empezó a descubrir que también quería crear esos momentos, estudiar y trabajar en hostelería. Así nació el sueño de tener mi propio restaurante y llamarlo El Patio de Betty: un lugar donde pudiera compartir no solo los sabores que heredé de mi abuela, sino también esa forma tan suya de recibir, celebrar y hacer sentir especiales a los demás, de crear sonrisas con sus guisos y recetas.
Hoy, cada vez que cocino, siento que una parte de ella está conmigo. En cada receta, en cada plato servido y en cada persona que se sienta a mi mesa, vive un pedacito de aquella mujer que convirtió su cocina en el corazón de nuestra familia.
Este restaurante nace de ese recuerdo, es la combinación de dos continentes, el que me vió nacer y el que me dió la oportunidad de ser quien soy hoy en dia.
De una abuela colombiana que me enseñó que cocinar es mucho más que alimentar: es reunir, es celebrar, es amar y es mantener vivo un legado.
Porque algunos sueños empiezan mucho antes de que sepamos que son sueños. El mío comenzó en la cocina de mi abuela.